• Luis Manuel Andrada Nogués

En la edición del lunes 22 de junio se reproduce una entrevista que le hiciera el diario El Mercurio, de Santiago, bajo el título “Es el momento de repensar el celibato”. En dicha entrevista, habla de que “hay un celibato imperfecto, un celibato humano, que ayuda a tener más libertad para el ejercicio pastoral”. Yo le agregaría, “para dedicarse con mayor libertad a la vida mundana”. Sin embargo, para no dejar de ser contradictorio e incoherente, seguidamente sostiene que “yo creo que el celibato es un valor dentro de la Iglesia, que se tiene que rescatar como un signo del reino de Dios”.

 Usted, como ex obispo sabe que ello es así, que es un valor que solamente aquellos débiles de espíritu lo han abandonado. “El celibato es un signo de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia; aceptado con un corazón alegre, anuncia de modo radiante el Reino de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica n. 1579).

 

El sacerdote, en la aceptación y vivencia alegre de su celibato, anuncia el Reino de Dios al que estamos llamados todos y del que ya participamos de alguna manera en la Iglesia. “La perfección de la caridad a la cual son llamados todos los fieles implica, para quienes asumen libremente, el llamamiento a la vida consagrada, la obligación de practicar la castidad en el celibato por el Reino, la pobreza y la obediencia. La profesión de estos consejos en un estado de vida estable reconocido por la Iglesia es lo que caracteriza la ‘vida consagrada’ a Dios” (N° 915). 

 

Sin embargo, afirma luego, “sin rubor alguno”: “Hay momentos en la vida en que los afectos y el amor no tienen ni edad ni situación. A veces ocurre que hay personas que hacen que el corazón lata más rápidamente, y creo que he tenido situaciones así. Pero cuestiones que te hagan perder la cabeza, enamorarse y cambiar totalmente la vida, quizás esas no se han presentado durante mi vida sacerdotal. Sí hay muchas situaciones a veces pasajeras, sin mucha fuerza, que a veces te hacen repensar tu vida, y tus opciones”. ¿En qué quedamos señor Lugo? ¿No había dicho que el celibato era un valor dentro de la Iglesia? Si hubiera sido un hombre de oración, de penitencia, de consagración real al Reino de Dios, los latidos del corazón los habría superado. Si se vive una vida frívola, alejada del compromiso serio y de entrega a los demás, no existen “situaciones pasajeras” sino una constante entrega a la concupiscencia.

 

Por algo la Santa Sede había aceptado inmediatamente su “renuncia” al Obispado de San Pedro 20 años antes de la edad canónica de jubilación de los Obispos y por algo la Santa Sede se había opuesto a su entrada en política y a su candidatura.

 

En el diario Clarín, de Buenos Aires, de fecha 24 de mayo de 2009 (Día de María Auxiliadora) se salió ya con el mismo refunfuño diciendo que “el celibato es imperfecto, el único perfecto es Dios”. Lo último que le faltaba era poner en entredicho la perfección de Dios, pero decir además, con ligereza, de que el celibato es imperfecto es un desatino que en labios de un ex obispo suena a debilidad, a cobardía y a una hipocresía sin límites. Se parece al cura Alberto Cutié, de Miami, que debieron sorprenderle en actitudes “non sanctas” para despacharse, exactamente como usted, en contra del celibato. ¿Cómo se llama todo lo que ha hecho durante su vida de obispo? Embarazar mujeres y luego abandonarlas, llevar una vida ligera, diseminar niños a quienes desconoce luego su paternidad, no ha sido solamente fruto de un “latido rápido de su corazón”. Con ello reconoció públicamente que las mujeres que pasaron por su vida fueron solamente objetos sexuales de sus apetitos carnales.

 

¡Claro que no tuvo el valor entonces de cambiar su vida sacerdotal porque era más cómodo y “discreto” seguir así! Señor Lugo, ¿pero qué clase de persona es usted? ¿Cuál es la moral que aprendió de sus padres y de la propia Iglesia, de la que ahora afirma, con una astucia sin límites, que “si hay algo que no quisiera dejar nunca es la Iglesia Católica, en la cual nací”? No quiero prejuzgar sobre sus condiciones espirituales, pero hace rato que usted dejó la Iglesia Católica por su conducta desaprensiva.

 

Y para justificar aún más su descomedimiento, en Clarín afirma una serie de necedades que solamente usted puede afirmar, como aquello de que, por reconocer la paternidad de su hijo, a quien considera ahora “un don de Dios”, “su imagen se mantiene intacta”, “que la repercusión fue solamente a nivel mediático”, que “en el Paraguay el 70% no reconoce la paternidad” (aunque usted esté entre ellos), que “su honestidad, su transparencia en la administración de la cosa pública sigue intacta en la ciudadanía” (cuando que está rodeado de ladrones cuyos nombres saltan uno por día en los diarios); que los indígenas, a quienes prometió ayuda, amparo y protección son los mayores parias de este país, y ni siquiera los recibe para escuchar sus quejas, sus dolores, sus miserias, dejándoles en el umbral de su residencia bajo la lluvia y el frío; etc., etc.

 

¿Conoce realmente el significado de la palabra honestidad? En el diccionario de la lengua española va a encontrar que ser honesto es ser decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto, honrado… ¿cuál de estas virtudes adorna su persona? Basta analizar la frase donde expresa de que “el Presidente reconozca a su hijo pudiendo y teniendo en sus manos toda la cuestión jurídica y el poder e incluso los medios para no hacerlo, muchos lo han considerado como un acto de valentía y coraje”. Esto lo pinta de cuerpo entero.

 

Si usted tanto se quejaba del atropello a la Constitución por parte de Nicanor Duarte Frutos ¿qué podemos pensar ahora de su conducta? Con profunda desazón le digo que usted ha resultado peor, pues se jacta tener la justicia en sus manos, el poder político para influir sobre los jueces, los medios (o sea el dinero y la presión para no hacerlo, ergo reconocer a sus hijos) ¿Es a esto que lo considera un acto de valentía y de coraje? Solamente aquellos y aquellas personas prendidos como garrapatas del presupuesto nacional, que no se cansan de lisonjearle todos los días, única y exclusivamente para no perder sus privilegios, son los que le aplauden, son los adulones de turno que ensalzan sus “virtudes” para conservar su cargo. ¡Qué pena siento por aquellos “sacerdotes y amigos obispos que le hacen participar de la eucaristía y que le aconsejan a diario”, pues con ello están demostrando que son de su misma horma.

 

¿Usted cree que porque unos cuantos débiles de carácter, cobardes, timoratos, que no han comprendido que “el celibato no es una renuncia al amor o al compromiso, cuanto una opción por un amor más universal y por un compromiso más pleno e integral en el servicio de Dios y de los hermanos” que lo cambiaron por unas polleras, la Iglesia va a rever lo que ya se ha aprobado en el año 1123, en el Concilio de Letrán? (no en el año 1500 como equivocadamente usted afirma).

 

Eso es relativizar al summum el valor del celibato. Es como querer que la Iglesia revea el Sacramento de la Reconciliación porque es un “absurdo” que una persona le cuente a un sacerdote sus pecados, o reconsiderar el Sacramento del Matrimonio porque hay muchos divorciados que no tuvieron el valor de luchar por su matrimonio porque se le cruzaron en el camino “muchas situaciones, a veces pasajeras, sin mucha fuerza, que a veces te hacen repensar tu vida, y tus opciones”.

 

Y finalmente, ¿Qué derechos se arroga usted, aunque sea un “laico católico” para entrometerse, mientras sea jefe de Estado, en cuestiones que atañen a una religión como la católica? ¿No representa acaso, según sus más fervientes partidarios, a un estado laico?

 

Usted, señor Lugo, no merece ser presidente de la República del Paraguay. Convénzase de ello y renuncie. La patria le agradecerá. En caso contrario, “Dios, la patria y el pueblo paraguayo lo demandarán”.

 

 

CI N° 180.189

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