Lo que tenemos ahora no se aparta mucho de aquello que se aborrecía y que dio paso a los gobiernos que ahora padecemos.

La rutina del trabajo administrativo, la pesada labor de gerenciar la burocracia, la trabajosa tarea de mejorar las condiciones de vida de millones de latinoamericanas son tareas duras que requieren concentración y esfuerzo, a lo que no son dados varios de los gobiernos del subcontinente porque creen, como buenos demagogos, que eso no da rédito en el corto plazo.

 La sustituyen por el insulto permanente, la amenaza constante y los gritos destemplados convertidos en noticia porque la rutina de la pobreza, el abandono de la educación y la carencia sanitaria no pueden ni quieren ser abordadas desde la denodada tarea que no se ve pero que cuyos efectos se sienten en el corto, mediano y largo plazo. La tarea es convertir en noticia lo intrascendente, lo banal y lo grotesco. Es la rutina escrita por quienes creen que por llenarse la boca de promesas en forma mágica resuelven los problemas de un país o por agredir a  algo o a alguien terminan por colocar sus responsabilidades en el otro. Típica actitud adolescente, del que adolece de la madurez necesaria para asumir sus compromisos.

 

Si durante mucho tiempo se cuestionó a la democracia partidista que solo miraba sus beneficios personales o grupales, lo que tenemos ahora no se aparta mucho de aquello que se aborrecía y que dio paso a los gobiernos que padecemos. Si el desprecio a las urgencias produjo el castigo de una masa de votantes descontentos, lo que surgió en respuesta no muestra más que notables rezagos en materia de eficacia de gestión y de correspondencia entre el discurso y la acción. En mi último libro presentado la semana pasada en México y titulado: ‘¿Y ahora qué? Itinerario de la eterna desilusión democrática de América Latina’ (Editora Libre) trazo el camino recorrido por quienes desde la demagogia más rampante han consolidado la pobreza, fortalecido la ignorancia y agravado los problemas sociales. La única diferencia es hoy la simulación y el disfraz con que se recubre la acción gubernamental convertida en travestismo político de la peor calaña.  El cinismo se ha convertido por este camino en política oficial y declamar asumiendo lo malo sin resolverlo es acaso la peor de las formas con que se miente a una población necesitada de gestores eficaces y patriotas.

 

Siempre habrá un espacio para quienes han convertido al chivo expiatorio en mascota oficial, pero no podrán ante la historia redimirse de los graves cargos de incompetencia -acaso la peor forma de corrupción- con que diariamente rodean su acción de Gobierno.  Hemos arribado a la revolución maniquea y burda de la realidad, en donde quienes deben asumir compromisos y responsabilidades se evaden en un cambio de personajes y de gritos destemplados que no logran evitar la pregunta lapidaria y permanente de: ¿y ahora qué?

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