La mejor manera en que un ciudadano puede cooperar en la construcción de su comunidad es votando mañana para elegir intendentes y concejales. Esa es una forma de ser responsable ejerciendo el derecho de incidir en el futuro a través del voto. Dejando de lado los colores y el fanatismo, en una actitud madura, cada quien debe elegir a los mejores candidatos.

En todo el país, en 240 distritos, están habilitados para votar 3.031.000 personas. La tercera parte de los electores está concentrada en Asunción y el departamento Central. Después de la capital -que cuenta con 360.000 votantes-, Ciudad del Este es la que mayor caudal electoral registra: 140.000 personas.

 

Históricamente, después del gran fervor que siguió a las dos primeras elecciones municipales posteriores a la caída de la dictadura, hubo un brusco descenso del porcentaje de participación. Las estadísticas de Asunción son elocuentes y reflejan el comportamiento a nivel nacional. En 1991, la participación fue del 84 por ciento; en 1996, 91 por ciento; en 2001, 55 por ciento y 2006 ya tan solo fue del 45 por ciento.

 

Esos números reflejan que al principio las personas se ilusionaron con la política y los políticos como actores capaces de resolver los problemas de la ciudad para dar una mayor calidad de vida a sus habitantes. La decepción que lleva hoy al desencanto es el resultado de la falta de respuestas.

 

Como se ve, en la capital, el nivel de legitimación de los electos a través de la participación de las personas en las urnas fue disminuyendo. El registro de 9 personas, de cada 10 que votaron en 1991 y 1996, descendió abruptamente nada más que a 5 de cada 10 en los dos últimos comicios municipales.

 

En este clima de frustración es que los electores del país concurrirán mañana a cumplir con lo que la Constitución, en su artículo 118, consigna como "derecho, deber y función pública".

 

Es cierto que en 21 años de democracia no aumentó la calidad de los dirigentes que han sido electos para gobernar sus comunidades. En este lapso -salvo excepciones, como los municipios de Villarrica, Itauguá, Fram y otros pocos- la calidad de la gestión municipal ha dejado mucho que desear porque no han respondido a las necesidades más urgentes y cotidianas de la gente para vivir mejor.

 

Si bien la idoneidad de los candidatos -en lo que atañe a su preparación para administrar un municipio y sus principios éticos-, en general, no fue la más apropiada, es indudable que los electores también tienen su gran cuota de responsabilidad en la elección de intendentes y concejales incapaces y corruptos.

 

La de mañana es una nueva oportunidad. Mejores gobernantes lograremos solo participando y eligiendo a los candidatos más capaces, dejando de lado el fanatismo por las tendencias.

 

Los que le den la espalda a esta convocatoria cívica no tendrán autoridad moral para reclamar las deficiencias de las administraciones municipales, ya que se les abrió una puerta para participar y ejercer su poder como ciudadanos y desaprovecharon la oportunidad. Por eso, es una responsabilidad personal ineludible acudir a las urnas.

 

La experiencia negativa de todos estos años pasados tiene que dar sabiduría a los electores. Hoy existe un mayor nivel de conciencia de que las autoridades tienen que servir a sus comunidades. Por lo tanto, hay que acudir a votar y elegir a los que pueden satisfacer las demandas populares dando la espalda a los mentirosos, sinvergüenzas e incapaces.

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Anónimo

Elector y electora, una vez más no se conviertan mañana en idiotas útiles

Durante estas dos décadas que tiene el desarrollo de nuestra democracia actual, las elecciones municipales revelaron a la ciudadanía una lección extraordinariamente clara y muy fácil de aprender: la mayoría de los intendentes y concejales que pasaron por las municipalidades del país, llevando adelante sus campañas electorales con toda clase de promesas relativas al mejoramiento de la calidad de vida en sus localidades, incumplieron cínicamente sus compromisos, se hicieron los tontos, usaron sus cargos para enriquecerse, se convirtieron en verdaderos ladrones o simplemente fueron absolutamente inútiles para administrar los intereses de su comunidad.

Si se afirma que estos vicios tuvo la mayoría de los munícipes del país, no es una exageración ni constituye una generalización condenatoria injusta. Es la pura verdad. Prácticamente todas las administraciones municipales fracasaron estrepitosamente, lo cual se ve y se prueba de un modo muy sencillo: realizando un paseo por el interior del país y constatando cuáles fueron los avances edilicios, urbanísticos, de ordenamientos del tránsito, del aseo y la limpieza, de la solución de problemas como el de la contaminación por acumulación de basura, cursos de agua convertidos en vertederos y muchos otros problemas que, de hecho, no son de muy difícil solución pero que en este país parecen tareas titánicas.

Y luego hay que realizar un paseo por los edificios municipales, para verificar cómo, en recintos donde hace veinte años se hallaban tres o cuatro funcionarios, ahora hay cien o doscientos. En este sentido, la Municipalidad de Asunción es posiblemente el peor ejemplo: registra alrededor de siete mil personas en sus planillas; pero basta realizar un trámite cualquiera en sus oficinas para darse cuenta de que quienes realmente tienen algo que hacer allí, los funcionarios cuya presencia se justifica en el lugar por razón de su trabajo, será apenas el cinco por ciento de esa monstruosa cantidad.

De modo que el elector de cada localidad del país tiene que aprovechar esta ocasión que le proporcionan las elecciones de mañana para hacer un examen de conciencia cívica y preguntarse: “¿Tengo que votar por los mismos inútiles o bandidos que ya demostraron sus vicios en estos últimos períodos, solo porque es mi correligionario, mi compadre o mi benefactor; porque le dio trabajo a mi hija o porque me recomendó?”.

El que dirige su voto con este criterio es el idiota útil al que se refiere el título. Idiota, por ser incapaz de aprender lo que la experiencia enseñó tan reiteradas veces; útil porque esta idiotez les sirve de maravillas a los astutos bandidos que se sirven de su voto para continuar con su exitosa carrera de estafadores de su comunidad, defraudadores de esperanzas y desacreditadores del sistema democrático.

Por eso es necesario que cada elector de la república asuma de una vez por todas su condición de ser pensante, racional, crítico y de ciudadano libre, y a hacer uso de estas formidables facultades que posee para contribuir a modificar la suerte de su comunidad y de sí mismo.

Persistir haciendo el lamentable papel de idiota útil al servicio del caudillejo de barrio, del padrino de los negociados o del proveedor de baratijas políticas, votando a los candidatos que se sirven a sí mismos o a su partido y no a la comunidad, rebaja al ciudadano a un papel tan insignificante, que da vergüenza y pena reconocerlo.

El ciudadano debe votar por su ciudad, por su comunidad, para que sus hijos no anhelen emigrar, para que sus nietos nazcan en un lugar más atractivo, saludable, civilizado y próspero que este en el que nació.

Solo haciendo una elección inteligente podrá lograrlo.
6 de Noviembre de 2010

Fecha: 06/11/2010 08:23.


Anónimo

BUENOS DÍAS, PARAGUAY

Fecha: 06/11/2010 08:25.


Anónimo

Construir sociedad desde lo local

Fecha: 06/11/2010 08:27.


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