LA REALIDAD QUE ASOMO TRAS LA DIFUSION DE LA PATERNIDAD DEL PRESIDENTE Y EX OBISPO FERNANDO LUGO

Sólo 3 de cada 10 chicos son reconocidos por sus padres. Un problema que tiene raíces históricas.

Por: Hinde Pomeraniec

María Belén tiene los ojos redondos, como de asombro. Con las manos entrelazadas bajo la panza, tirantes la camisa y el pantalón blanco, será mamá en pocas semanas. Lleva el pelo atado en una cola de caballo, parece una escolar. Tiene 13 años y cree que no volverá a ver al papa de su bebé, quien llevará solamente su apellido, como ocurre con el 70% de los chicos que nacen en Paraguay.

María Belén llegó desde Luque al Hogar de la Cruz Roja para madres adolescentes de Asunción hace algunos días, derivada por la Justicia. En una pelea, su padre, un policía, le apuntó con su arma reglamentaria. Por estas semanas, y hasta que el bebé tenga unos dos meses, tendrá una vida algo ordenada, cama limpia y buena alimentación en esta residencia que comparte con siete compañeras y en donde una pizarra verde señala: "No mientas, pues la mentira lleva a otros vicios".

 

Romelia, de 14, tiene rasgos aindiados y viajó 8 horas para llegar hasta acá. Se la ve muy sola, tiene los ojos transparentes y el pelo renegrido. Mira todo el tiempo hacia sus ojotas celestes. Fortunata (16), mirada achinada y panza rotunda, es la que más habla. Tampoco habrá un papá que la acompañe cuando llegue la hora del parto. Pero ella ya tiene los nombres para su criatura: Paola Leticia.

 

Todo indica que los hijos de María Belén, Fortunata y Romelia, tendrán documentos de identidad. Serán afortunados. En este país nacen unos 150 mil chicos al año y la mitad no figura en los registros. Así, con unos 6 millones de población, el último censo de 2002 certificó que había 600 mil personas no inscriptas, un 10% de los habitantes. "Viven, pero no existen", como le gusta decir a Clara Rosa Giardone, abogada litigante en varios casos de demanda de paternidad. Esta irregularidad, una más en un país donde lo clandestino es regla, lleva a muchos chicos a cursar la escuela hasta el momento en que se les reclama el DNI, que es cuando se ven obligados a desertar. Históricamente, cuentan, las madres confiaban en el servicio militar como en el momento del blanqueo: allí era donde se les daba a los soldados documentos y también les devolvían la sonrisa, ya que les curaban los dientes.

 

El país de las madres solas es una realidad de siempre en el Paraguay, aunque posiblemente la mayoría hayamos puesto los ojos en el tema recién ahora, con los hechos que recientemente salieron a la luz y que terminaron con el reconocimiento de un hijo por parte del presidente y ex obispo Fernando Lugo y la tensa espera por otras causas legales y demandas de ADN en, al menos, dos casos más. Lugo, quien habló en exclusiva con Clarín y señaló en la edición del último domingo que su experiencia había tenido un efecto positivo en este país de padres indiferentes, llegó al poder con aires de cambio luego de más de seis décadas de gobiernos del Partido Colorado. Lo hizo acompañado de varias mujeres que son reconocidas luchadoras sociales, feministas radicales que impulsan la ley de paternidad responsable y promueven la despenalización del aborto y una ley de salud reproductiva.

 

"La mujer paraguaya no es consciente de sus derechos y su ciudadanía", dice la psiquiatra feminista Cristina Román, mientras conduce su camioneta por las calles del mercado de Asunción. Cristina, que integra el colectivo 25 de noviembre, cuenta un dato escalofriante. El viernes 15 de noviembre, feriado en Paraguay por celebrase el día de la Independencia y el Día de la Madre, hubo un llamado al 911 cada 11 minutos por violencia doméstica. "Son días donde se toma mucho", señala con voz pausada Cristina, quien también es madre soltera.

 

Ese mismo día de la madre, a eso de las 2 de la tarde, Irene Alfonzo, de 20 años, parió a su beba a las puertas del shopping Multiplaza, mientras intentaba llegar al Hospital de San Pablo desde San Lorenzo. Iba acompañada de su madre y de su prima; acababan de bajar del colectivo y no hubo forma de aguantar hasta llegar al hospital. "Fue acá mismo", le dijo un policía a esta enviada, mientras señalaba la vereda de la avenida, atestada de niños vendiendo frutas y ofreciendo limpiar los vidrios de las gigantescas camionetas de los pudientes. "Todo fue muy rápido. Los de emergencia llegaron enseguida y la llevaron al hospital". Irene, naturalmente, también es madre soltera y la beba que nació con 2 kilos y medio es su tercer bebé, ya que es mamá de dos varoncitos de 2 y 3 años.

 

¿Por qué las mujeres se someten y no reclaman por sus derechos? Algunos hablan de la marca cultural que dejaron los ancestros guaraníes, que tal vez indica el origen de una conducta. Los indígenas entregaban a sus hijas como ofrenda a los conquistadores españoles, quienes habían llegado sin mujer a tierras americanas, de manera que cada uno concretaba su harén. La guerra de la Triple Alianza no hizo más que asentar las bases del patriarcado y dar nuevos impulsos al sometimiento femenino. Los historiadores serios señalan que directa o indirectamente por el conflicto murió cerca de la mitad de la población, y alrededor del 90% de los hombres, de manera que durante décadas este desfasaje de algún modo convalidaba el hecho de que los hombres contaran con muchas mujeres para satisfacer su deseo y, en el camino, repoblar la patria. Pese a que hoy las cosas no son así y que las cifras dicen que el 49,9% de los paraguayos son mujeres y el 50,1, hombres el giro cultural todavía no se ha dado y desde las clases pudientes y políticas se sigue instruyendo con el mal ejemplo de los hombres que, despreocupadamente, esquivan su responsabilidad a la hora de los hijos.

 

"Ese mito de la Triple Alianza permanece, los hombres siguen pensando que tienen cuatro mujeres", dice Angélica Roa, psicóloga y militante del movimiento Altervida. "Lo importante no es sólo que los inscriban, sino que generen un vínculo afectivo con los hijos. Acá, los padres no besan a los hijos. Los hijos son el único ámbito de dominio de las mujeres", dice, sentada en un sillón del hotel Cecilia, en un alto de un encuentro regional de Mujeres y Empleo.

 

Marina está acostada, casi rígida, envuelta por su camisolín amarillo. Le practicaron una cesárea, a ella le diagnosticaron una infección y venía mal el bebé, que se llama Luis y está en la incubadora. Tiene 16 años, el rostro algo poceado, muy delgadas las extremidades. Estudió hasta cuarto grado y trabajaba como doméstica cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. No habrá papá para Luis. Mientras responde, mira como relojeando hacia la cama de al lado, donde otra adolescente termina de dar la teta a su beba rozagante. La suerte acompaña a Sonia, su compañera de cuarto: su novio no la dejó y va a acompañarla para inscribir juntos a la niña.

 

Lacerantes episodios de abuso infantil y abandono en un hospital de Asunción

Está tirada de costado, en una de las decenas de camas que se ven a uno y otro lado de la gran sala blanca de la maternidad de la Cruz Roja, inaugurada en 1997 por la reina Sofía, de España. Perla tiene 21 años y está muy sola, dice Mirta, la enfermera. Llegó por sus propios medios hace unas semanas con un embarazo de riesgo y recién está cursando la semana 31, es decir que tiene para varias semanas más. No ha pensado aún el nombre para su chiquito y se le hace imposible hablar del futuro. Su vida es esa sala, esa cama, esa luz que entra a través de la ventana y le ilumina el rostro, mustio de dolor. Cruza un rayo de ironía cuando menciona a su madre. A la salida, la enfermera lanza la sospecha colectiva: incesto. Perla debe estar esperando un hijo de su padre.

 

Susana Torres es argentina y psicóloga. Da datos escalofriantes cuando dice que en la niñez paraguaya hay un 75% de posibilidad de abuso. Busca explicar por qué no reaccionan esas mamás cuando ven que sus hijas son víctimas de su padre, de su hermano, de su tío. "Nadie puede dar lo que no tiene ni enseñar lo que no sabe. La mayoría de esas madres fueron a su vez víctimas de abuso", explica.

 

El hospital materno infantil de San Pablo está colmado de mujeres; se ven pocos hombres y por lo general tienen una actitud lejana, displiscente. El público del hospital está compuesto por gineceos familiares de abuelas, tías, sobrinas, hijas. Hacia el fondo está el hogar para las mamás que viven lejos y tienen a sus recién nacidos internados. Daiana tiene 14 años y su bebita Samaria está en terapia intensiva. Un hombre de 34 años la llevó a trabajar como doméstica a su casa y la echó una vez que la dejó embarazada. Tiene la mirada extraviada Daiana cuando me dice que no puede visitar seguido a la beba porque le duele "muchísimo" la cabeza cada vez que entra a verla. Su madre, de unos cuarenta y tantos, parece una anciana a su lado.

Fuente: CLARIN/ASUNCION. ENVIADA ESPECIAL

 http://www.clarin.com/diario/2009/05/25/elmundo/i-01925750.htm

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