• por Rolando Niella.

Sería hasta divertido si no fuera ridículo que haya tantos nacionalistas o autoproclamados izquierdistas –a veces las dos cosas al mismo tiempo, por incompatibles que sean ideológicamente– que se dediquen tanto a hablar de “El Imperio” con mayúsculas. El Imperio con mayúsculas es, naturalmente, Estados Unidos.   

Sin duda, la organización imperial del mundo es real y no es deseable ni justa, pero hay que decir que en nuestro país tendríamos que estar verdaderamente contentos de que El Imperio, con mayúsculas, sea Estados Unidos y de que nuestros vecinos de Argentina y Brasil sean apenas unos imperios, con minúsculas, de segunda división.   

 

La situación tiene algunas ventajas comparativas: para Estados Unidos (El Imperio con mayúsculas) estamos relativamente lejos y somos relativamente pequeños. A Brasil y Argentina (los imperios con minúsculas), en cambio, los tenemos aquí al lado, con los dientes de vampiro bien afilados y prontos para succionar cualquier atisbo de prosperidad y desarrollo que se produzca en nuestro país… Brasil con algo más de astucia y elegancia, Argentina con chapucera obviedad.   

 

Es bastante conocido el caso de Itaipú y la electricidad a precio de regalo y las promesas de compensaciones incumplidas. Más recientemente y con el desquiciado estilo de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, nos hemos encontrado con el bloqueo del comercio a través de las fronteras argentinas, que apareció primero como una presión sindical fantasma, después como una política solicitada por la propia presidenta argentina a los dirigentes sindicales dependientes del gobierno… Dicho sea de paso, no entiendo qué clase de sindicatos son esos que cumplen órdenes gubernamentales en lugar de ocuparse de mejoras gremiales.   

 

Pero volviendo al tema, más allá de la chapuza de intentar una maniobra para perjudicar al vecino con tan poca habilidad que al final las salpicaduras llegaron a la propia Presidenta de la República, está la realidad pura y dura de que, si depende de los brasileños y sobre todo de los argentinos, seremos cada vez más pobres y estaremos cada vez más aislados del mundo y seremos cada vez más mediterráneos.   

 

No parece un buen punto de partida para hablar de que somos “hermanos” ni mucho menos para pretender que somos “socios” comerciales en Mercosur. En algunos casos ni siquiera parece diplomacia o política de Estado, sino matonismo patotero del más fuerte con el más débil.   

 

Aunque a decir verdad, en gran medida, en toda esta situación el propio Paraguay tiene una amplia parte de culpa. Nuestra diplomacia es de una manifiesta incompetencia y cada vez que nos enfrentamos a nuestros poco amistosos vecinos en un foro internacional, donde podríamos hacer valer nuestros derechos o al menos hacerles pagar el costo político de no permitirnos ejercerlos, no decimos ni hacemos más que tonterías.   

 

No hay en nuestro país un diseño serio de política exterior ni una diplomacia profesional. Con honrosas pero muy escasas excepciones, los cargos diplomáticos se eligen no para llevar adelante una política de Estado, sino para pagar favores políticos o también para quitarse de en medio a algún molesto competidor por el poder, mandándolo un rato al extranjero, y hasta en no pocas ocasiones para darle a parientes, amigos y vecinos la oportunidad de conocer el mundo.   

 

Con esa diplomacia y con esos vecinos quizás Paraguay debería alegrarse y no escandalizarse de la existencia de un Imperio, con mayúsculas, que alivie nuestras propias torpezas y modere la angurria imperial, con minúscula, de nuestros vecinos.

19 de Diciembre de 2010

 

 

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