Hace 22 años que decidió marcharse a Paraguay para trabajar con las comunidades indígenas

La hermana Rosalía García, misionera Carmelita Teresiana, en la sede de Manos Unidas.  Gregorio Torres

RAQUEL RIVERA. MÁLAGA a hermana Rosalía García (Lugo, 1939) no se esperaba cuando llegó hace 22 años a Paraguay el recelo de las comunidades indígenas, castigadas durante cuatro décadas por la dictadura de Alfredo Stroessner. «Cuando me veían, huían, salían corriendo, después de tantos años de opresión era lógico». Misionera Carmelita Teresiana, trabaja en la región de Guairá, a unos 250 kilómetros de la capital, Asunción, en proyectos de agricultura sufragados por Manos Unidas para que las familias dispongan de la tierra para ganarse la vida. Para ello, ha aprendido «el lenguaje de los pájaros», el guaraní, y ha entendido cómo la cultura de estas comunidades les mantiene unidos. No se ve regresando a España. «Olvídate. Que me dejen en Paraguay, con un poquito de tierra para cuando muera».

 

¿Cuánto ha cambiado en estos últimos 20 años la situación de la comunidad indígena con la que trabaja?

Llegué en plena dictadura y ahora estamos en democracia, es un cambio ¿no? aunque las instituciones siguen podridas... La vida de las comunidades indígenas ha cambiado mucho; primero, porque ahora están juntas, pero lo principal es que están capacitadas cada vez más para dedicarse a la agricultura, los hijos estudian en escuelas, y promocionamos el papel de la mujer.

 

Para llegar a eso, ha tenido que ganarse la confianza de la población local, y ser muy persistente...

Sí, mucha lucha. Los indígenas tenían mucho recelo, cuando me veían huían de mí, salían corriendo. Entonces, entendía que había que pasar muchas horas con ellos, reunidos, desde las ocho de la mañana hasta la tarde, acompañarles en su rutina. Y claro, aprendí el guaraní, es muy difícil, más que el vasco. Lo llaman el lenguaje de los pájaros por la cantidad de sonidos.

 

¿Y cómo lo aprendió?

A base de escuchar y escuchar, pues lo entiendes. Pero no lo hablo con fluidez aún.

 

Ha hablado de potenciar el papel de la mujer, ¿cómo vive en la comunidad?

Pues hay que saber que las niñas de 14 años son mamás. Pero hemos logrado pasos, por ejemplo, que den a luz en hospitales, antes se oponían. Recuerdo una vez la resistencia de una chiquilla. Estuve hablando con ella mucho rato, horas. Y al final la convencí.

 

¿Por qué rechazan la asistencia en el hospital?

Porque su cultura ancestral está muy arraigada, y ellos confían en su medicina, el yuyo, que es la hierba medicinal. Pero estamos logrando que alternen su cura con la medicina moderna.

 

Usted trabaja para que las familias dispongan de propiedades con las que ganarse la vida. Manos Unidas en Málaga ha destinado 60.000 euros en los últimos proyectos ¿Se están consiguiendo los objetivos?

Cuando llegamos había mucha pobreza, la población ha estado machacada y ha vivido excluida. Por eso, ahora tienen dificultades para vivir del campo, muchos compradores les engañan. Yo les digo que la educación no va a atrasar su cultura. También procuramos que dispongan de recursos sanitarios.

 

¿Qué es lo que más le ha sorprendido de la gente de allí?

Lo oprimida que estaba, y cómo esa pobreza de mente, les hacía conformarse con muy poco.

También me llamaron la atención los problemas de salud, mucha gente moría por diarrea, deshidratación. Ahora ha cambiado la situación, pero sigue la desnutrición.

 

¿Se plantea regresar a España o empezar algún otro proyecto?

Olvídate. A mí que me pongan un terreno aquí para cuando me muera. Además, en España ¿qué haría? Lo único, pelar patatas.

http://www.laopiniondemalaga.es/malaga/2011/02/08/llegue-paraguay-gente-huia-corriendo/400510.html

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