• Margarita Durán Estragó

Desde muy joven opté por el transporte público de pasajeros proponiéndome compartir aventuras, peripecias y riesgos que sufre a diario la gente común al tener que abordar uno de ellos.

Toda opción supone renuncias que hay que asumirlas con responsabilidad y coherencia.

Así me manejé desde entonces y lo seguiré haciendo a pesar de los peligros que este mal menor conlleva. Las ventajas que tenemos los que nos arriesgamos por opción o necesidad a este juego peligroso es la oportunidad que tenemos de conocer a la gente, observar su pasividad y estoicismo, conocer calles, ver de paso cómo el "guapo′y" va hundiendo sus raíces en las paredes, molduras y revoques de los edificios, arruinándolos con el tiempo, en gran medida por la desidia del Centro de Conservación de la Ciudad y otras instituciones que podrían velar por ellos; reclamar a ciertos conductores irresponsables cuando nos llevan como carretas o cohetes, según los minutos perdidos o sobrantes antes del término del "redondo" o circuito. Respeto la labor del conductor, trabaja por una paga de hambre y bajo una estructura injusta que lo convierte en un autómata casi irracional del volante. Lo que me molesta es que la mayoría de los transportistas, además de explotar a sus empleados, humillan y desprecian la vida de los usuarios. Buscan ganancias sin invertir en sus unidades ni capacitar a su personal. Viajamos en chatarras con tapizados rotos, vidrios astillables, pasamanos sueltos, ventanas que no se cierran, goteras en el techo, bulones desencajados. La Municipalidad hace caso omiso a los controles, no pinta los obstáculos como lomos de burro y otros. No lleva al corralón las chatarras que a grandes velocidades pueden quedarse sin freno impidiendo a los pasajeros llegar a destino o para peor los conduce al destino final, al cementerio. No suprime los molinetes de la línea 27 y otros que llevan a sus pasajeros atrapados y sin salida en caso de que suceda algo parecido al Ycuá Bolaños. No establece paradas fijas. Pero ¿a qué viene toda esta perorata? Es que el viernes 30, al mediodía, estaba por bajarme de la línea 16.2 en la esquina de mi casa, cuando a toda velocidad el conductor de una de esas chatarras que llaman "ómnibus de transporte público", embistió un lomo de burro sin señalización; para colmo frenó en el acto y con el impacto, al estar yo de pie, volé por los aires para luego caer de cabeza en el plan del colectivo; el segundo punto de apoyo fue la "sentadera" y allí quedé impotente y dolorida ante la mirada de los curiosos que nunca faltan cuando ocurren desgracias. Por suerte, no perdí el conocimiento y pude dar el teléfono de mi familia. Debo decir que soy una privilegiada, porque además del IPS cuento con seguro médico particular que cubrió los gastos de tomografía, radiografías de columna, internación y otros. ¿Qué hubiera sido de mí si fuera una pobre sin recursos como son la mayoría de mis ocasionales compañeros de viaje? ¿Quién corre con los gastos de salud, horas de trabajo perdidas, sustos, dolores, secuelas? Hasta el ganado se transporta mejor en nuestro medio, claro, se trata de un bien económico, pero los pobres pasajeros del transporte público ¿a quién le preocupa?

 

Sería una ilusa si creyera que la línea 16.2 correría con los gastos; que la Municipalidad se empeñaría en señalizar los obstáculos; que los conductores tendrían mejor paga y se escogerían para el efecto a personas responsables y correctas.

 

El "Paraguay necesita redención", lo decía en 1777 el gobernador Fernando de Pinedo. Hoy, lo seguimos necesitando.

 

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