• Carlos D. Mesa Gisbert

¿Cómo fue realmente el Paraguay del doctor Francia? ¿Cómo la historia de un país tan peculiar?. El pasado paraguayo está teñido por una herida muy profunda: la de la guerra de la Triple Alianza o la Guerra Grande –a decir de los propios paraguayos–, aquella que llevó a una nación entera a enfrentar su destino. Lo interesante de esta historia no es lo obvio, el costo brutal de esa guerra y la factura que tuvo que pagar el Paraguay por ella, sino los elementos inherentes al desarrollo interno de su sociedad en los Gobiernos anteriores a la guerra misma, particularmente el de Gaspar Rodríguez de Francia.

Francia, a quien Roa Bastos le dedicó un libro con el adecuado título de Yo el Supremo, lo fue realmente, el Supremo. Difícilmente se puede encontrar una figura tan especial en la que se combinan, se entremezclan y chocan en la paradoja elementos tan disímiles. El hombre, más bien esmirriado de físico, agriado su carácter por un amor no correspondido que vengó del modo más brutal en el esposo de su amada, era un ilustrado, un iluminista fervoroso, devoto del republicanismo y un jacobino en toda la línea.

Entre 1811, año de la independencia paraguaya, y 1816, Francia jugó todas las cartas para sí, apoyado en su talento, en su capacidad intelectual sin competencia posible entre sus pares y en la decisión de mando absoluto que se consagró al declararlo su Congreso dictador perpetuo del país, cargo que aceptó y ejerció en efecto hasta el día de su tranquila muerte en el lecho a los 74 años.

Es complicado acercarse al perfil del personaje sin controversia, apasionamiento y polémica, viva aún en el Paraguay de hoy. ¿Cómo conjugar principios sagrados planteados en El Contrato Social de Rousseau, uno de sus libros de cabecera y su profunda admiración por Voltaire, con la mayor experiencia de despotismo que haya vivido el continente? A la vez, si hay una antítesis de nuestra visión de la dictadura, cuyo epígono es Melgarejo, allí está Francia.

Para los apologistas del nacionalismo y para quienes han dividido el Siglo XIX en dos grandes tendencias, la del proteccionismo y el libre cambio, o nacionalismo y
liberalismo, está claro que Rodríguez de Francia representa la quinta esencia
del nacionalismo, lo que devendría en endogenismo en nuestra definición local.
Sea por convicción íntima, sea por las circunstancias de un país bloqueado en
todas sus puntas, Francia decidió y llevó adelante un desarrollo autárquico que
devino en la lógica del autoabastecimiento absoluto. Todo producido en el
Paraguay, por paraguayos. Tiene sin duda un toque poético el concepto de las
“estancias de la patria” que no fueron otra cosa que el desarrollo de la
ganadería a cargo del Estado, además de las gigantescas plantaciones de yerba
mate que, aún y a pesar de la mirada interna, fueron parte importante de los
ingresos económicos de la dictadura.

El hombre, solitario, en comunión con sus libros, en rebeldía con sus semejantes, supremo jefe, solitario jefe, ministro de sus ministros, dueño del destino de toda una nación, se mantuvo incólume en el mando, derrotando conspiraciones desde su
apogeo dictatorial en 1816 hasta 1840. Árbitro de sus semejantes, dueño y señor
de una República hecha a su imagen y semejanza a la que dirigió con mano
violenta y sin contemplaciones. República que sobrevivió aislada en el centro
del surcontinente.

La lógica de un solo rasero para todos era la lógica del dictador. Medidas impuestas y cumplidas, medidas que arrastraron vidas y haciendas, medidas que a su vez medían al implacable hombre que, como todos los “puros”, quiso imponer la “pureza” de su pensamiento a su patria y definir el destino de su historia.

Francia es, qué duda cabe, el ejemplo paradigmático de los justos convertidos en señores, quienes confunden la fe política con la política y la aplican al costo que sea en función de valores supremos que acaban destruyendo los verdaderos valores
supremos que eran en teoría los cimientos de su edificio ideológico.

Francia es también mucho más difícil de catalogar que un dictador arquetípico, precisamente porque conjugó hechos que trascienden la anécdota banal y el juicio fácil sobre lo evidente, la brutalidad porque sí, la discrecionalidad sin sentido, el
desarrollo de acciones de terror al azar. No. El hombre lo hacía todo bien
pensado y con sistema. Francia lo prueba: no hay cosa más temible que una dictadura bien pensada y mejor concebida.

El resultado histórico de Gaspar Rodríguez de Francia es difícil de evaluar porque precisamente se le cruzó la historia encarnada en una guerra que destruyó completamente el país que él había concebido y edificado durante más de un cuarto de siglo. A partir de ello, cabe cualquier lectura: la de la supuesta irresponsabilidad del prócer de la guerra, Francisco Solano López, y su inexplicable provocación al entrar en el conflicto uruguayo, o la lectura de la supuesta acción imposible de
frenar del imperialismo inglés y sus intereses. Probablemente no sea ni la una
ni la otra, sino la combinación de estos y otros elementos que cambiaron la
ruta trazada por el Supremo.

Suele suceder, además, que los dictadores que creen que lo dejan todo atado y bien atado acaban vencidos por la libertad, la única posible, la de los hombres libres que buscan su libertad en una patria libre aunque el camino para lograrlo aún no se haya cerrado.

  • El autor es ex presidente de la República de Bolivia



 



 

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