• Ilde Silvero

Las democracias de América Latina son calificadas como débiles, incipientes, inestables, de fachada, etc. Distintas concepciones antropológicas, sociológicas y políticas ensayan explicaciones en torno a cuáles son las causas profundas que impiden la consolidación de los procesos democráticos y por ello andamos navegando en experimentos e intentos utópicos que, en un eterno retorno, nos retrotraen al punto de partida.   

Las históricas discusiones entre el capitalismo, el comunismo, el socialismo, la socialdemocracia, el neoliberalismo y las más recientes tendencias del libremercadismo globalizante y el socialismo del siglo XXI no nos llevan a ninguna conclusión porque los debates políticos no solucionan el problema de fondo que subyace en todos nuestros países: la pobreza de importantes sectores de la población.

 

Aunque los sistemas políticos sean diferentes y aunque algunos canten su victoria levantando la mano derecha y otros la mano izquierda, existe una  cruel realidad que desnuda los falsos paraísos ideológicos: en promedio, entre el 40 y el 50% de la población latinoamericana sobreviven en la pobreza: subsisten con menos de dos dólares por día.

 

En los últimos 50 años, la situación de injusticia social en la distribución de los bienes y servicios ha empeorado. Actualmente, Africa es el continente más pobre del mundo, pero América Latina ocupa el primer lugar en la brecha entre los pobres y los ricos. En los países nórdicos de Europa, los ricos tienen tres veces más ingresos que los pobres; en EE.UU. la relación es de 14 a 1 y en Latinoamérica la distancia es de 50 a 1. Según datos del PNUD (2008), los altos niveles de inequidad se demuestran en que el 20% más rico acapara el 60% del ingreso total, mientras que el 20% más pobre solo recibe 3.5%.

 

En nuestro continente, Uruguay, Brasil y Chile son las naciones que más han procurado achicar esta brecha y construir una sociedad más justa e igualitaria. En todos los demás gobiernos, la reducción de la pobreza aparece siempre como una meta prioritaria pero, en la práctica, los avances en tal objetivo han sido bastante modestos.   

 

En nuestro país, la brecha en los montos de ingresos de los habitantes es bastante grande: 40 por ciento de los paraguayos son pobres. El 6 por ciento de la población controla el 50 por ciento de las riquezas. 20 compatriotas de cada 100 no tienen comida diaria asegurada. Cada día mueren 9 niños por enfermedades que pudieron ser prevenidas.   

 

Con frecuencia, gastamos mucho tiempo en discusiones sobre ideologías políticas y en torno a polémicos líderes de izquierda o de derecha cuando en la realidad cotidiana la pobreza azota por igual a los pueblos que viven bajo diferentes banderas.   

 

En Paraguay, hemos pasado de la dictadura a varios gobiernos democráticos y ahora tenemos a un admirador del socialismo del siglo XXI, pero poco a poco los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos. En realidad, lentamente, vamos agrandando una estructura social muy injusta e inequitativa y, por tanto, vamos tirando carbón a una fogata que puede transformarse, con el tiempo, en un incendio social.   

 

El auténtico enemigo de la democracia no es la izquierda tilinga ni la derecha fascista, sino la pobreza.  

 

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