No se puede tapar el humo con un dedo. La sequía que afecta a nuestro país es tan grave como la inundación de falacias en los medios de comunicación. La humareda que hoy nos cubre y enferma no es una desgraciada casualidad de la naturaleza.

 Hay responsables de carne y hueso. Aunque en cierta medida todos tenemos una cuota de responsabilidad, la mayor parte es de aquellos que echaron bosques para utilizar la tierra como negocio y aquellos que por la misma razón destruyeron cursos y reservorios de agua.

Sí. Son aquellos de las topadoras y los tractores. Esos que han convertido el Bosque Atlántico del Alto Paraná en un desierto verde de soja transgénica. Aquellos que alimentan al mundo entero con la carne producida a partir de nuestros recursos naturales, mientras que nuestra gente sufre desnutrición. Aquellos que hoy abogan por la legalización del maíz transgénico, tildando de cavernícolas a los sectores que buscan un desarrollo más armónico con la naturaleza. Orgulloso estaría de ser cavernícola frente a los salvajes depredadores del planeta y la humanidad. Mucho más racionalidad de contenido habrán tenido las sociedades del neolítico que aquellos que por un poco de dinero atentan contra toda forma de vida existente en la tierra.

El paisaje es apocalíptico. Asunción entera se sumerge en una densa humareda hace varios días. Los árboles no florecen como en otros años. Los campos arden como en aquellos programas de televisión que veíamos sobre bomberos californianos. Las pérdidas ambientales son irreparables. Las pérdidas humanas incalculables. Las económicas, ¿a quién importan las pérdidas económicas cuando la salud y la vida están en peligro? Día a día los medios de comunicación tratan de ocultar a los verdaderos responsables de esta catástrofe, pero la ecuación es tan sencilla como: menos bosques = menos agua = menos lluvia = más sequía = más incendios = más humo = más enfermedades = menos calidad de vida = ¿desarrollo??

¿Y qué tienen que ver los transgénicos en esta ecuación? Los transgénicos fueron diseñados para permitir una mecanización cada vez más intensiva y extensiva, lo cual permite que el ritmo de destrucción de los bosques sea siempre más acelerado. La soja RR, por ejemplo, fue diseñada para resistir a enormes dosis de glifosato, lo cual hace que el cultivo pueda controlarse con una simple fumigadora en miles de hectáreas. Y al mismo tiempo el glifosato, conocido como “matatodo” entre los campesinos, destruye toda forma de vida alrededor de la soja, deteriorando el suelo, destruyendo la fauna y flora, y alterando los ciclos hídricos, etc.

Pero relacionar estos fenómenos con el humo hoy presente en nuestras ciudades nos llevaría a fórmulas demasiado complicadas para aquellas personas que solamente saben relacionar un territorio con pilones de dinero

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