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  • Alcibiades González Delvalle

En estos días un oyente llamó a una radio para quejarse contra unos obreros en huelga, en tanto que los otros se desloman en el trabajo. Agregó que los primeros lo están pasando muy bien, en la pura farra, mientras que los segundos se esfuerzan el doble para mantener la producción que hará posible la comida para todos. Se trata, al decir del oyente, de un asunto entre laboriosos y haraganes. Remató su intervención comparando el caso con la hormiga y la cigarra.   

Se refería, claro está, a la difundida fábula según la cual en verano las hormigas no paran de trabajar para llenar la despensa y tener comida en invierno. Mientras, las cigarras emplean el tiempo cantando de rama en rama hasta que se ven en apuros y piden comida a las hormigas que les responden en coro: “vayan a cantar”.   

 

Este cuento es muy utilizado para denunciar las mismas o parecidas situaciones observadas por el citado oyente. En apariencia, la moraleja es muy instructiva. Debemos tomar ejemplo de las hormigas que prevén los tiempos malos para sortearlos con éxito, y huir de las cigarras que no hacen más que cantar –holgar– en la calidez del verano.   

 

Esta fábula, reitero, es pedagógica solo en apariencia. Esconde una terrible idea; exalta el egoísmo; opone trabajo a distracción; habla de laboriosidad solo en un sentido, el manual. En tanto que la intelectual o artística es un estorbo a la hora de pedir compensaciones.   

 

Mientras las hormigas trabajan ¿qué hacen las cigarras?: animarlas con su canto, que también es trabajo. Además, con su respuesta admiten las hormigas que escuchan a las cigarras, tal vez con deleite. No nos dice la fábula, pero me imagino que las hormigas no serían tan laboriosas si no estuviesen estimuladas por el canto, agudo y puntual, que les acompaña desde arriba de los árboles. O sea, desde el escenario.   

 

La fábula de la hormiga y la cigarra es muy empleada por las personas llamadas prácticas, esas que viven para acumular dinero por encima de cualquier otro gozo y no perderían su tiempo, que vale oro, en acercarse al arte, menos aún a los artistas.   

 

La negativa de las hormigas a compartir su alimento con las cigarras –que no piden sino una compensación por su trabajo– es de un terrible egoísmo y de una infame tacañería. Peor aún: es desconocer, o despreciar, la fuerza vital del arte.   

 

En este punto, hago memoria de la mayoría de los programas de gobierno de los intendentes electos. Están referidos solamente a las obras materiales: cerrar baches, ensanchar calles, empedrarlas; levantar puentes, alcantarillas, etc., etc. No está mal, desde luego. Lo peligroso es reducir la función municipal solo a lo material, a lo que se ve, a lo que es posible inaugurar con bombos y platillos.   

 

Recuerdo que un intendente municipal del interior me había pedido en una entrevista que destacara su idea de que las cuestiones educativas, artísticas y culturales no deberían cargarse a los municipios, sino al Estado. “Nuestras necesidades son muchas”, expresó convencido de que el arte y la cultura no son parte de esas necesidades. Como este intendente, muchos de sus colegas piensan igual. No lo dicen, pero dejan sus opiniones en el espacio en blanco de sus proyectos culturales.   

 

Cuesta entender que esos ejecutivos municipales no adviertan los beneficios de la educación, el arte, la cultura en el desarrollo de cualquier comunidad. Si pusiesen la mirada por encima de nuestra geografía verían que los países grandes lo son porque invierten no solo en puentes y empedrados. Que no se hagan de las hormigas y se decidan a escuchar, y pagar, el canto animoso de las cigarras.   

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