• Aristides Ortiz ⋅

El abordaje festivo del aniversario de los 200 años de “independencia” encubre la condición colonial del Paraguay de hoy.

Recordar no es solamente festejar algo sucedido en el pasado, en este caso un hecho colectivo histórico. Es, sobre todo, problematizar críticamente el proceso inconcluso de independencia del Paraguay, que parte de aquel acto político y militar protagonizado por los próceres de mayo de 1811.

Esta mirada  problematizadora de nuestro pasado debe ser amplio, cultural. Porque al hablar de cultura, ya incluimos la política, la economía, el conocimiento, los social y todo el hacer de una nación. Esta mirada abarcante nos permite diferentes puntos de mira. Uno de estos ángulos de vista es la Potencia de la cultura y de los habitantes del Paraguay ¿Cómo es posible que una nación sobreviva a una guerra (la Triple Alianza contra  nuestro país) que destruyó el Estado construido hasta entonces y casi aniquila a su población? Solamente una nación con una identidad potente, que fue produciéndose desde la llegada de los conquistadores españoles a la bahía de Asunción en 1537 hasta hoy, pudo haber soportado tal genocidio. Un ethos con una identidad social que hasta hoy lucha por construir un nuevo proyecto país. Un pueblo que supo, creativamente, trabajar aquel pasado atroz y sobrellevar hasta hoy las desiguales relaciones de poder con otros estados imperiales. Un pueblo que, pese a las ocupaciones territoriales de las trasnacionales y los grupos y colectivos nacionales y extranjeros de poder, sigue manteniendo su geografía nacional. Una nación que gracias a su recreación cultural (artística, histórica, económica, política) sigue vivo. Vivo gracias a las gestas de su pueblo, a la audacia de sus personajes históricos y al sentido de vida de toda la nación.

 

La contra-cara de esta potencia para la sobrevivencia, que también debemos recordar en el marco del Bicentenario, es la condición colonial del Paraguay. Esta condición nos lleva a sentir un complejo de inferioridad, de víctima, al ver sólo nuestras limitaciones y derrotas; a pensar para intereses ajenos, no para nuestros intereses; a vivir mirando afuera y no adentro. Esta condición colonial nos lleva a sufrir el fenómeno de la colonialidad, cual es la de contribuir con nuestros opresores para que nos opriman, sean estos paraguayos o extranjeros.

 

El desafió de la recordación de aquella gesta de mayo de 1811 se basa en cuatro pilares: abordar nuestro pasado con un sentido amplio, complejo y contradictorio; reafirmar nuestra potencia nacional; asumir nuestra condición colonial, sujetos aún a poderes internos y externos, y re-conocer que vivimos un proceso independentista incluso, con posibilidades y amenazas.

 

Desde esta perspectiva, el abordaje festivo del Bicentenario promovido por el actual Estado y por sectores intelectuales oligárquicos  y coloniales es una mezcla de tontera y mala intención.

 

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