• por Marcos Cáceres Amarilla

“Fue un político de raza, polémico, controvertido. Defendía sus ideas con pasión. Era un hombre valiente. Pasó por varias carpas dentro de su partido y nunca pasó desapercibido. Tuvo facetas cuestionables, como las tienen siempre quienes eligen la acción antes que la comodidad de un sillón detrás de un escritorio. Hoy lo despedimos. Fue un gran hombre”.   

¿A quién puede referirse este retrato post mórtem? A todos y a ninguno. Si quieren, puede calzarle a Rambo Saguier y tal vez a Martín Chiola. Pero también a algunos que siguen vivitos y coleando, de haber sido ellos los que estuviesen en el féretro.   

Mientras algunos ven solo virtudes en algún personaje político fallecido y olvidan cualquier cuestión negativa de su vida, otros descubren que no pagó nunca sus muchas culpas en vida y que no merecería ningún homenaje.

 

Más allá de eso, la muerte reciente de ciertos personajes públicos nos lleva a pensar en cuántos cabos sueltos tenemos en nuestra historia política reciente y qué bueno sería resolver aunque sea algunos de ellos.   

 

En materia de política, nuestra sociedad tiene la particularidad, que seguramente no es exclusiva, de una injusta y frágil memoria. No hay que ir muy lejos en el tiempo. No hace falta siquiera remontarse hasta el stronismo para darnos cuenta de lo rápido que olvidamos.

 

Cuántos desastres, robos, desaguisados, actos de corrupción, traiciones, latrocinios y bochornos han perpetrado solo desde 1989 en adelante algunos que aún siguen hasta ahora presentes en el mundillo político.   

 

Cuántos violadores de la Constitución, pyragueses, personajes que confesaron haber hecho fraudes electorales, chupamedias devenidos líderes, delincuentes de baja estofa, saboteadores de sesiones, mentirosos profesionales y toda laya de gente que por la magia de los medios de comunicación y por la falta de una mínima memoria ciudadana siguen teniendo un protagonismo político incomprensible.

 

Por eso, no nos debería extrañar que el día de mañana estemos presenciando homenajes públicos a personas cuyo lugar debió haber sido la cárcel o, como mínimo, el anonimato vergonzoso.

 

¿Por qué es así, si el archivo más elemental nos revelaría antecedentes que los deberían obligar a pedir disculpas antes que a creerse “dirigentes” con alguna autoridad moral o representatividad popular?   

 

Lamentablemente, mientras sigamos permitiendo que nos mientan y se rían en nuestra cara, mientras no nos demos cuenta de que tenemos el poder de elegir a quienes nos gobiernan, seguiremos soportando a personajes que hace tiempo deberían haber estado muertos políticamente, pero que resucitan sin mayores dificultades y que, por si fuera poco, inclusive cuando se mueran en serio, posiblemente, tengamos que escuchar que fueron, ñandeko, “grandes personalidades”.   

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