Con la promulgación hace unos días de la Ley de Lenguas, Paraguay aspira a cambiar una realidad: romper el desequilibrio entre los idiomas oficiales, el guaraní y el castellano, donde si bien el primero es mayoritario, lo habla un 86 por ciento de la población, no alcanza áreas formales del Estado ni espacios de poder.

De esta manera, el gobierno busca hacer efectivo el mandato constitucional que en 1992 proclamó al Paraguay como un país pluricultural y bilingüe, un concepto que es meollo de las discusiones en torno a cómo revalorizar el guaraní y terminar con el bilingüismo diglósico, es decir, un sistema donde una de las lenguas tiene un tratamiento superior a la otra.

En diálogo con Télam desde Asunción, Susy Delgado, directora de Promoción de Lenguas de la Secretaría de Cultura de Paraguay; y el lingüista español Bartolomeu Meliá, radicado hace años en el país; grafican con su contrapunto dos idiosincrasias que allí conviven sobre qué significa preservar la riqueza cultural y la identidad de un pueblo.

 

Aquel artículo constitucional, el 140, fue un acontecimiento histórico que quedó en lo simbólico porque a excepción de la educación, ese reconocimiento no se hizo en ningún otro ámbito: una paradoja en un país de seis millones de habitantes, que con las comunidades de Argentina, Bolivia y Brasil suma un total de 10 millones de hablantes del idioma guaraní, señala Delgado.

 

Sin embargo la educación escolar en guaraní atraviesa una situación lamentable dice Meliá-. Aunque es la lengua materna de la mayoría, los docentes no quieren enseñarlo porque no hay suficientes libros ni información didáctica y la población lo considera una tradición oral que se aprende en casa y en la calle, no en los claustros.

 

Recién en el año de su Bicentenario Paraguay empieza a trabajar con la cuestión bilingüe, mediante la reglamentación de una ley que impone, entre otras cosas, la creación de una Academia de la Lengua Guaraní para definir un alfabeto y una gramática oficial, continúa Delgado.

 

Un proceso absolutamente necesario, dice esta poeta y periodista, en un país donde cuatro quintas partes de los pobladores hablan esa lengua y todavía tienen inconvenientes para sacar cédulas de identidad o hacerse entender en hospitales y tribunales judiciales.

 

El objetivo es lograr un bilingüismo coordinado y en plazos razonables sumar el guaraní a la nomenclatura de las calles, etiquetas comerciales, registros, documentación oficial y periódicos, además de enseñar ese idioma en ministerios y oficinas de la administración pública, donde contarán con cinco años para aprenderlo.

 

Esa declaración de bilingüismo es para Meliá el talón de Aquiles de la nueva ley: si por ley somos bilingües entonces no hay forma de devolver su prestigio al guaraní. La otra lengua también es oficial y es la que permite el acceso a los espacios de poder, señala.

 

En Paraguay hay comunidades muy grandes de menonitas que son bilingües, hablan alemán o inglés además del castellano y nadie les va a convencer de que aprendan el guaraní si para esta ley es un mérito hablarlo y no una obligación.

 

Por otra parte, muchos de los empleados públicos que hablan castellano entienden y hablan el guaraní porque lo mamaron en sus casas: un 35 por ciento de la población paraguaya sólo habla guaraní y un 50 por ciento es bilingüe, con uno u otro idioma como lengua madre. Más que aprenderlo se trata de tomar conciencia, asevera.

 

El castellano es un fenómeno del siglo XX, hablado por la sociedad dominante de preferencia extranjera y nuevos ricos, es decir los comerciantes y quienes pasaron por universidades (todas enseñan en español); y el guaraní sigue siendo la lengua del chiste, los sentimientos y de esa hermosa música como la polca y la guaraña, el lenguaje de todos los días, señala.

 

Lo que pasa es que todavía somos países coloniales , remarca este miembro de la Real Academia Española y del Comité Nacional del Bicentenario.

 

Tenemos una mentalidad y prácticas muy coloniales y ejercemos un coloniaje interno que impide la redistribución de la riqueza cultural, sentencia Meliá.

 

La nueva ley creará verdaderos islotes de incomunicación a nivel nacional, advierte este mallorquín que descree de la historia que, oficial y equivocadamente, insiste desde hace 70 años con que somos un país mestizo.

 

La clase alta nunca se llamará mestiza, ni las familias de los primeros señores del tiempo de la colonia, consigna en referencia a la fuerte huella colonizadora.

 

Las lenguas muestran una de las mejores fotografías de un pueblo, una especie de rayo x que revela zonas ocultas, cosas que nunca hemos visto y, aunque suene a paradoja, la lengua nos revela.

 

Por eso digo que el bilingüismo planteado en esta ley es en cierta forma una falsedad, porque no se aplica en la realidad, concluye.

 

La nueva ley contempla, además del guaraní, una veintena de lenguas indígenas, muchas en peligro de extinción, otras traídas por inmigrantes extranjeros y el lenguaje de señas de los sordomudos.

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