Primer mundo

  • Por Gustavo Ortiz G.

Uno de los grandes anhelos de todo paraguayo consciente, esté o no instruido, es sin lugar a dudas que este país erradique los principales males que le aquejan, y que cada vez sea más apto para vivir civilizadamente, que se respeten los derechos de los ciuda- danos. ¿Hay personas que no quieren esto? Sí, las hay, y son aquellas que obtienen ganancias de la situación, de la transgresión a las leyes, de la complicidad, de la fragilidad de las instituciones...

El habitante que respeta las leyes gustaría de vivir en una nación que sea parecida a Nueva Zelanda, a Sin- gapur o Dinamarca, por ejemplo, cuyas autoridades y políticos/funcionarios públicos el año pasado fueron considerados como los menos corruptos del planeta, según el ránking sobre Percepción de la Corrupción elaborado por la ONG Transparency International, al recibir 9,3 puntos sobre 10.

 

Días atrás me comentaron que una familia del ba- rrio donde me radiqué, está mudándose a Nueva Ze- landa. Ya están allá la madre -que es oriunda de ese territorio- y sus dos hijos -un adolescente y un púber-, y próximamente se les unirá el papá. ¿Por qué será que se van?, pregunté casi ingenuamente. La respuesta muy ilustrativa que recibí fue: "Porque es un país de primer mundo, no se puede comparar con la vida de aquí".

 

Aquella contestación generó un nudo en mi gar- ganta e inmediatamente evoqué las diferencias entre aquel Estado y el nuestro. No es solo su agradable cli- ma de verano, que no supera los 30 grados centígra- dos, ni sus lagos, playas y parques naturales aptos para acampar, que hacen atractivo estar en aquella tierra, sino que también por los hábitos de la mayoría de res- petar y ser respetado, en todo sentido, principalmente en cuanto a las normas de convivencia y las leyes. Con justa razón, entonces, aquel país obtuvo en el 2010, una vez más, una excelente calificación de Transpa- rency International.

 

¿En el Paraguay se podrá vivir alguna vez como en Nueva Zelanda o en algún país nórdico europeo, donde impera el orden legal, los corruptos son en- carcelados y de donde nadie quiera huir? La respues- ta es sí, que se podrá; pero para llegar a eso se tienen que cumplir una serie de requisitos muy fáciles de enunciar:

 

En primer lugar, la gente tiene que instruirse más acerca de quiénes son los que se presentan para las elecciones de autoridades, ya sea en su partido, en su municipio, en las presidenciales y parlamentarias. Y debe aprender a votar por las propuestas y según quién sea el postulante. Elegir a alguien solo porque le gusta el color de su pañoleta no es buen negocio. Es casi un crimen.

 

Y si uno quiere un país mejor, ¿va a dar conscien- temente su voto a quien tiene a conocidos ladrones como asesores o principales colaboradores? Si uno sabe diferenciar entre lo blanco y lo negro, entre lo dudoso y lo claro, por supuesto que no lo hará. Pero en este país aún existe aquel riesgo, porque la educa- ción tiene fallas, todavía hay analfabetismo total o funcional, la instrucción cívica casi no existe, el fana- tismo inducido es alto, etcétera.

 

No será fácil llegar a la meta de tener un Paraguay legal a plenitud, digno, pero se puede. Algo ya mejo- ró la nación y falta mucho aún. Protestemos siempre contra políticos bandidos que desangran al erario, contra jueces venales, contra clanes mafiosos; grite- mos a los sinvergüenzas cuáles son sus fechorías, así empezaremos a forjar el país en el que todos querrán permanecer.

 

Y es justo decirlo: se ve que no todos los políticos están carcomidos por la codicia y la confabulación para defraudar; por ello hay que felicitar a los que renuncian a sus partidos cuando en ellos ven corrup- ción y a los dirigentes que enarbolan la legalidad. Hay esperanza.

 

 

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Mikel Agirregabiria


POLÍTICOS BALBUCEANTES
La historia se repite, en ciclos de generaciones.

La llegada de la radio obligó a que los reyes hablasen en público. El tartamudo Jorge VI de Inglaterra ascendió al trono en 1937, y el excéntrico logopeda Lionel Logue hubo de enseñarle a superar su disfunción. La película El discurso del rey lo cuenta con precisión.

Luego, la televisión exigió algo más que entonación. Nixon perdió ante Kennedy en 1960 tras el primer debate presidencial televisado. La estética de los candidatos cobraba importancia y no bastaba la oratoria. Los "estilistas" aparecieron y buscaron candidaturas rejuvenecidas, con buen aspecto y aceptable dicción.

Ahora, internet ha llegado y obliga a la clase política a conversar en las redes sociales.

Se acercan las elecciones y Facebook se llena de peticiones de amistad... por parte de políticos de quienes nunca habíamos tenido noticia.

Los "logopedas" de los políticos del siglo XXI son los community managers de los partidos que están trabajando a destajo.

Convendría que los políticos entendiesen que no sólo se trata de trasladar "su" mensaje por más vías, sino de una "escucha activa de la ciudadanía". Quizá sea la hora de los "otorrinolaringólogos" para políticos...



Fecha: 04/02/2011 14:47.


Yan Speranza

Encarando algunas cuestiones centrales
La era de la productividad


"La productividad no es todo, pero en el largo plazo es casi todo", según la cita del premio Nobel de Economía Paul Krugman, y con la cual inicia un interesante libro publicado el año pasado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), denominado La era de la productividad.

De acuerdo con una serie de investigaciones la productividad de América Latina asciende a lo sumo a la mitad de su potencial. Y en definitiva este es uno de los problemas centrales que enfrenta la región para explicar cómo en el largo plazo nuestro crecimiento ha quedado relegado si lo comparamos con otras regiones del mundo en desarrollo o de economías emergentes.

Es notorio que el sector de los servicios, de gran dinamismo en la región y en donde se concentra la mayor parte del empleo hoy, es justamente el que sufre considerables déficits en productividad. Por ello las políticas públicas y privadas que pretendan mejorar el nivel de vida de los ciudadanos deben plantearse seriamente cómo elevar la productividad de los servicios.

Claramente nuestro país sufre esta realidad. Los problemas de productividad son un freno importante para el crecimiento sostenido que precisamos si queremos alcanzar mejores niveles de desarrollo para todos. Y es relevante que en épocas de bonanza económica nos planteemos algunas cuestiones fundamentales que hacen al aumento de la productividad en general.

Las causas de este problema son variadas y sistémicas. En el caso del Paraguay una grave constatación es que el tema de la productividad no está instalado -o lo está tangencialmente- en el debate público. Es la razón por la que quiero referirme a uno de los aspectos determinantes que tienen que ver con su aumento, cual es la capacidad de la sociedad de generar innovaciones a través de la Investigación y Desarrollo (I+D).

Esto no ocurre por arte de magia e implica un proceso serio y sostenido de inversión en I+D, que a su vez supone una valoración de la importancia y centralidad para el país de dicha inversión, algo que aún está bastante ausente en el sector público y en el privado.

Probablemente se está dando un interesante proceso de incorporación de tecnología en las empresas, pero no debemos confundir el desarrollo de la ciencia con la tecnología. Esta última es sin duda fruto de la aplicación de la ciencia, pero en la medida en que podamos ir desarrollando ciencia a través de la I+D podremos encontrar respuestas pertinentes a los problemas y oportunidades como sociedad. Y en el proceso mejoraríamos nuestra productividad en todos los sectores.

Nuestro país solo invierte en total alrededor del 0,1% del PIB en I+D, en comparación a la media de 2,3% para los países desarrollados (es decir, 20 veces más) y aproximadamente de 0,6 en Latinoamérica. En cuanto al capital humano, es decir, investigadores, las diferencias también son enormes, pues hablamos de alrededor de 7 investigadores por cada 1.000 habitantes en los países desarrollados y este número ni siquiera llega a 1 en Paraguay. Prácticamente, el 100% de los investigadores son del sector público, mientras que en los países desarrollados el 65% provienen del sector privado y en Latinoamérica, un 33%.

Podemos seguir con muchos otros indicadores, pero la pregunta decisiva es: ¿por qué tan poca valoración a la I+D? ¿Será que pensamos que esto es solo para los países ricos? Es decir, ¿primero debemos enriquecernos para luego invertir más en ciencia?, cuando la causalidad es exactamente la inversa: solo en la medida en que podamos invertir más en innovaciones y nuevas ideas lograremos crecer sostenidamente, dependiendo cada vez menos de factores no controlables como el clima o la dinámica de los precios internacionales de nuestros principales commodities.

Por ello, en nuestro propio beneficio, necesitamos instalar seriamente el tema en el debate público-privado.

Fecha: 05/02/2011 07:14.


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