El sector ganadero nacional consiguió hace algunos días un importante logro que favorecerá nuestras exportaciones de carne. Se trata del estatus de país libre de fiebre aftosa, para todo el territorio nacional, incluyendo las zonas fronterizas. Esta conquista se traducirá en un mayor volumen de exportación y beneficiará de manera particular a los productores que tengan fincas en las áreas de frontera de nuestro país. El Servicio Nacional de Calidad y Sanidad Animal (Senacsa) se encargará en los próximos días de anunciar a los diferentes mercados internacionales la certificación alcanzada por los productores paraguayos. Ya a mediados del año pasado se habían iniciado las gestiones para llegar a este objetivo ante la Organización Mundial de Salud Animal. Hoy finalmente se tiene la satisfacción de haber arribado a la meta.

La clave para este paso tan positivo de la producción nacional es sencilla: la cooperación entre el Estado y el sector privado. Con el esfuerzo coordinado de ganaderos y funcionarios, con un plan concreto y realizable, con una visión estratégica compartida y despojados de polémicas innecesarias y de desgastantes desacuerdos, el sector público y los empresarios colaboran recíprocamente para alcanzar resultados que benefician al país. Esta es precisamente la vía para lograr un crecimiento sólido y sostenido de nuestra economía: la alianza, la sinergia, entre el Estado y el sector productivo. Esta valiosa experiencia del sector agropecuario puede extrapolarse a cualquier otro campo de la actividad productiva. Para ello es fundamental imbuir de esa misma visión a todas las dependencias oficiales que tengan una relación cotidiana con el sector privado.

 

La corrupción, la desidia y la rutina burocrática son las enemigas que es preciso vencer en las dependencias públicas para que la relación con las empresas sea fructífera. Pero el cambio de mentalidad no puede limitarse al Estado. En el sector privado corresponde asimismo una apertura auténtica y un mayor espíritu de colaboración, superando el prejuicio de considerar siempre al Estado más como un enemigo antes que como un aliado.

 

Lamentablemente, la sociedad paraguaya está todavía lejos de construir esta relación de complementariedad entre la actividad económica privada y la dimensión de la función pública. Las comunicaciones son escasas y débiles y las instancias de coordinación, cuando las hay, son generalmente ineficaces, lo que deriva en que asuntos de máxima importancia para el país se conviertan en escenarios de batallas estériles e inconducentes. Los proyectos de desarrollo que no se asienten en la colaboración de ambos sectores se estrellarán contra un muro de dificultades, malos entendidos, imprevisiones y conflictos de intereses. A lo largo de décadas, se ha instalado la noción falaz de que los intereses de uno y otro están enfrentados por naturaleza y que es inútil tratar de congeniarlos. Es esencial, de cara a los altos intereses de la nación, romper definitivamente esta “cultura” que aísla a los actores del crecimiento económico y del desarrollo social.

 

Lazos cada vez más estrechos deben ser tendidos entre el Estado y el sector privado, permeados ambos de un espíritu de innovación y de una voluntad patriótica.

 

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