Por Héctor Farina Ojeda (*)

La posición que ocupa Paraguay en el ranking mundial de competitividad es un indicador claro de muchas de las cosas que no hemos hecho bien los paraguayos en muchos años: el lugar 120, de un total de 139 países evaluados por el Foro Económico Mundial en 2010, es sinónimo de la mala gestión en cuanto a educación, infraestructura, confianza, ambiente de negocios y solidez financiera.

Estamos muy lejos de países como Suiza, Suecia o Singapur. Demasiado distantes de las economías competitivas que generan empleos y oportunidades, y que han erradicado la pobreza. La distancia en competitividad abre un abismo con un país cercano como Chile, que es el mejor posicionado en América Latina –puesto 30 a nivel mundial- y que ha sabido hacer crecer su economía en forma sostenida y que ha reducido en forma radical los niveles de pobreza en las últimas dos décadas. El país trasandino tenía 44% de pobres en 1987 y ahora tiene cerca de 15%, mientras que Paraguay mantiene sus niveles de pobreza por encima del 50%.

La competitividad de la economía es fundamental en un mundo globalizado en el que tenemos la gran responsabilidad de generar empleos y oportunidades propias para nuestra gente. Y pensar en volver competitivo al país implica dejar de lado el simple discurso obsesivo y recurrente, para pasar a un campo de acción basado en la planificación estratégica y minuciosa de nuestra economía.

En la era de la economía del conocimiento, no puede lograrse un nivel respetable de desarrollo sin una inversión fundamental en la gente, en su educación, en su capacitación con miras a la construcción de una sociedad menos injusta. No podemos pensar en un Paraguay competitivo con una mísera inversión del 3% del PIB en la educación y con una casi nula inversión en ciencia y tecnología. No habrá una reducción de los niveles de pobreza y desigualdad si seguimos dándole la espalda a la educación de nuestra gente, si seguimos postergando la urgente necesidad de incorporarnos a la sociedad del conocimiento, o si mantenemos al conformismo, al clientelismo y la corrupción como partes de la vida cotidiana.

Para abatir los males del atraso y la pobreza, nos urge trabajar para tener un país competitivo: hay que duplicar la inversión en educación, invertir en ciencia y tecnología, formar a mejores profesionales y trazar un plan de mediano y largo plazo que incluya el desarrollo de carreteras y sistemas de comunicación, el aprovechamiento de la riqueza energética y el fortalecimiento de la capacidad productiva. No hay fórmulas secretas para el progreso, sino un desafío de asumir el compromiso de hacer lo que debemos hacer.

(*) Periodista y profesor universitario.

Desde Guadalajara, Jalisco, México.

 

 

 

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