Por Erwing Rommel Gómez

Sin dudas uno de los términos más pronunciados en los últimos días en todo el mundo es "tsunami". El fenómeno, que vino acompañado de un terremoto y devastó gran parte del Japón, nos llama a solidarizarnos plenamente con los hermanos de la nación asiática, pero también nos mueve a pensar que cada país tiene a su manera su propia conmoción.

En nuestro caso, sin necesidad de tener mares que entran en mortales oleajes a la tierra, o montañas que vomitan fuego en el momento menos esperado, la desolación viene de la mano de inescrupulosos políticos que con su accionar torcido no hacen otra cosa que dejar un tendal de damnificados por todas partes.

 

El manejo discrecional del dinero público que hacen estos mal llamados representantes del pueblo condena a la pobreza a amplias franjas de la población. La vida de opulencia que llevan, caracterizada por fastuosas residencias, vehículos lujosos y alguno que otro negocio que mantienen gracias a quién sabe qué oscuras prácticas, contrastan con la situación de miseria de miles de paraguayos.

 

Y ello está a la vista de todos. Apenas al salir de nuestras casas nos encontramos con el efecto destructor de la gestión de las autoridades de turno.

 

El dolor que sentimos por la insensibilidad de estos gobernantes locales y nacionales se nutre en la gran cantidad de niños de la calle que en cada semáforo mendigan unas pocas monedas para ver si acumulan lo suficiente para comer algo en el día. Estos menores deberían estar en esos horarios en alguna institución de enseñanza, aprendiendo lecciones para ser mañana ciudadanos de bien y útiles para su patria.

 

Sin embargo, en las arterias de la ciudad están expuestos a la droga, a la explotación sexual y a cualquier otro tipo de vejámenes que se producen ante la impotencia ciudadana y la indiferencia de instituciones estatales y oenegés que cada año reciben millonarios fondos para solucionar un problema que lejos de decrecer encuentra a más menores en la precoz carrera de una vida marginal.

 

Legiones enteras de niños, jóvenes y personas de la tercera edad hurgan en cada jornada entre la basura para rescatar materiales reciclables -algunos incluso buscan restos de comida- para vender y así llevar el sustento a sus hogares.

 

El último domingo escuchábamos el discurso de Lilian Samaniego, la virtual presidenta del Partido Colorado, decir que la gente interpretó la esperanza que representan ella y su movimiento para llevar al Paraguay a destinos mejores. El empresario tabacalero Horacio Cartes sacó una pequeña nota de su bolsillo en la cual su hija le pedía que haga lo mejor para su país. Algunos se vieron ganados por las lágrimas al ser testigos de tanta ternura.

 

Recuerdo que cuando Juan Carlos Wasmosy hacía giras por el país como presidente electo de la Nación, llegó a jurar sobre la memoria de un hijo suyo fallecido a causa de una enfermedad, que iba a desarrollar uno de los mejores gobiernos de la historia, similar a la promesa del intendente asunceno Arnaldo Samaniego de hacer el mejor gobierno comunal en la capital.

 

Y todos estos jerarcas son del Partido Colorado, nucleación política que dio poder al dictador Alfredo Stroessner para cometer todo tipo de atropellos y tener más muertos en el país en ausencia de una declaración de guerra.

 

El gobierno de Fernando Lugo tiene la excelente oportunidad de cambiar la historia. Le concedemos el beneficio de la duda.

 

 

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