• por Edwin Brítez

La ley podría denominarse en contra del Kuatia ky’a, pero para lograr su aprobación tendría que producirse un milagro. No obstante, se debería hacer el intento, ya que no hay peor gestión que aquella no realizada. En Brasil la llaman ley de Ficha Limpia y tiene como objetivo limitar el acceso de los corruptos a los cargos públicos electivos.

Allá, la sociedad civil logró la vigencia de una ley que castiga con la proscripción electoral a los corruptos que intentan postularse en las elecciones. Acá deberíamos intentarlo. Con la ley brasileña, no pueden ser elegidos aquellos condenados por  corrupción, que abarca delitos que van desde la compra de votos, abuso de autoridad, tráfico de influencias, de drogas;  atropello al medio ambiente o nepotismo.

 

Es cierto que aquí los políticos no son condenados a prácticamente nada, pero el día que lo fueren –día que llegará alguna vez– tendría que estar lista esperándoles una ley que impida alzarse con la representación popular. La corrupción política existe, lo que no existe es una justicia independiente, precisamente como resultado de la corrupción política.

 

Pero un día tendrá que cortarse ese círculo vicioso y la justicia necesitará de un instrumento con el cual, además de condenar, mantener afuera de las instancias de poder a quienes mancillaron con la corrupción la alta investidura de la representación.

 

No hay vueltas que dar; si la ciudadanía no toma la iniciativa de impulsar una ley contra el Kuatia ky’a, al estilo de la  Ficha Limpia, nadie lo hará porque toda ley es obra del Congreso y es ahí precisamente donde existen los poderosos intereses que intentarán evitar este tipo de emprendimiento ciudadano.

 

La sociedad brasileña dio un gran ejemplo en ese sentido, primero con aquella gigantesca movilización en favor del impeachment al presidente Collor de Mello, quien, acusado de corrupción, tuvo que ser desplazado, aunque luego la clase política lo volvió a habilitar para ocupar un lugar en el Senado. Después de aquella, la mayor hazaña es sin duda  la iniciativa ciudadana de que se sancione la ley de Ficha Limpia para evitar que los corruptos se hagan nuevamente del poder.

 

La ciudadanía brasileña, con ayuda del colegio de abogados y de líderes religiosos, juntó millones de firmas para presentar el proyecto de ley, que los senadores y diputados se vieron obligados a regañadientes a sancionar.

 

Claro que la justicia –cuándo no– se encargó de anular en estos día las sanciones que recibieron por lo menos 30 políticos postulados en las elecciones del año pasado para diferentes cargos, a pesar de que el titular de la Justicia Electoral, algo así como el par de Ramírez Zambonini, declaró que la ley es como  una “revolución para las costumbres políticas brasileñas, es un cambio cultural, pues ya permitió a los electores que vean la importancia de verificar el pasado de sus candidatos”.    

 

Con esta ley, los brasileños se liberaron en las últimas elecciones por ejemplo de Joaquim Roriz, que fue cuatro veces gobernador de Brasilia y se vio obligado a desistir de presentarse a los comicios generales para evitar la casación de su eventual cuarta reelección. Pero ahora que el Supremo Tribunal Federal interpretó que la ley rige recién a partir de 2012, varios políticos corruptos que fueron elegidos y no pudieron asumir, iniciaran batalla judicial para hacerse del cargo.

 

No importa, los procesos tienen sus tropiezos, pero es evidente que esta lucha será ganada. Los corruptos deben estar en la cárcel y luego de ahí  a sus casas o donde se los reciba, menos en la función pública.

 

Deberíamos iniciar aquí  nuestro proceso por la ley contra el Kuatia ky’a, y ojalá que en las elecciones del 2013 podamos ahuyentar a unos cuantos. Luego ya pensaremos qué hacer con los jueces y magistrados venales, prevaricadores y genuflexos, que no se animan a hacer cumplir la ley.

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