• por Rolando Niella

Se acuñó la expresión “generación perdida” para designar a aquellos grupos de persona de edad similar que no tuvieron la oportunidad o la capacidad real de influir y generar cambios significativos en su medio social, político y económico.   

Desde ese punto de vista, Paraguay lleva una larga historia de generaciones perdidas. No confío en que sea posible que las generaciones que hoy por hoy están en actividad puedan llevar adelante algún cambio positivo de importancia para el país ya sea en lo político, en lo económico o en lo social. La experiencia nos indica que no hay que esperar que, dentro de esas generaciones, quienes estén vinculados al ejercicio del poder permitan algún cambio.   

Por más que haya excepciones, lo cierto es que esas excepciones son marginales y no tienen posibilidad de influir en forma decisiva, así que lo único que se puede esperar de la clase política actual como conjunto es continuismo. Un continuismo que ha pasado como herencia desde una dictadura unipersonal interminable, a una transición inconclusa que ha desembocado en una “democracia cosmética”, ingobernada e ingobernable en la que unas cuantas camarillas corruptas ejercen el autoritarismo como antes lo hacía el entorno del dictador.   

 

El sistema está tan absolutamente maleado que solamente es posible un cambio desde fuera de su círculo de influencia corruptora. Si hemos de abrigar esperanzas, tenemos que centrarlas en las nuevas generaciones que están aún en su etapa de formación y que aún no han sido cooptadas por la estructura perversa de poder que ha infectado y sustituido la normalidad institucional hasta el punto de que lo honesto pasa por tonto y lo legal por ingenuo.   

 

Y pienso que sí hay que abrigar esperanzas, porque hasta los más escépticos no pueden desconocer el valor y el impacto de la generalizada y masiva rebelión, protagonizada por los jóvenes, que uno tras otro están poniendo en jaque, cuando no derribando, tanto a las dictaduras unipersonales como a las “democracias cosméticas” de Oriente Medio.   

 

Es un cambio tan significativo como lo fueron, en su día, el Renacimiento o la Revolución Francesa. Conviene aclarar que este cambio es irreversible: está más allá de los resultados y contratiempos que cada país tenga a partir de ahora. De la misma manera que Napoleón Bonaparte y Napoleón Tercero no pudieron revertir, con sus pretensiones monárquicas e imperiales, el proceso evolutivo hacia la modernidad que la Revolución Francesa puso en marcha; por muchos rebrotes y recaídas que se produzcan el Oriente Medio, la historia ya ha cambiado… Cambiado para mejor: ha evolucionado.   

 

¿Qué nuestros jóvenes no son capaces de algo así? ¿Qué nuestra situación económica y social no es lo bastante agobiante para dar lugar a una rebeldía juvenil generalizada? Esas y muchas objeciones se pueden hacer a la esperanza de que las nuevas generaciones, en lugar de acomodarse en el sistema corrupto e ineficiente, se decidan a cambiarlo.   

 

Pero hasta los más pesimistas tienen que hacerse unas preguntas esenciales: ¿Quién habría podido predecir que gobiernos autoritarios de larga data se iban a desmoronar: en Túnez, una dictadura de veinte años, en Egipto otra de treinta? ¿Quién iba a imaginar que la rebeldía se iba a contagiar de un país a otro?   

 

¿Y quién hubiera pensado que una cosa así podía ocurrir precisamente en la acogotada juventud de Oriente Medio? ¿Quién hubiera podido anticipar hace nada más que unos meses que una juventud, que todos considerábamos atrapada entre la espada de la represión de gobiernos autoritarismos y la pared del integrismo religioso, iba de todas maneras a decir “¡basta ya!” y comenzar a derribar gobiernos?

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