En la cultura paraguaya, el respeto a las normas - reglas de juego para convivir en sociedad- no forma parte del patrón de conducta habitual. Cualquier resquicio es aprovechado para eludir el cumplimiento de disposiciones que apuntan a un mayor bienestar. Mientras persista la mala costumbre de evitar adecuarse a las leyes, el Paraguay vivirá en el atraso. Para superar este vicio, no solo debe haber autoridades responsables, sino también ciudadanos educados.

La cultura -entendida como cualquier acto humano- es lo que mol- dea a una persona dentro de una sociedad determinada. Al asumir la visión de mundo que ofrece, pautas de comportamiento, códigos y estrategias de supervivencia, ella se socializa en el modo de ser de los miembros de una comunidad.

Uno de sus rasgos más visibles es la violación de las normas, por acción u omisión. Baste mirar el tráfico capitalino para constatar el incumplimiento de las reglas de tránsito. O recurrir a los municipios o al Ministerio de Hacienda para verificar el alto índice de morosidad impositiva.

 

Mirando las calles y veredas, en contra de lo que establecen las ordenanzas municipales -en Asunción, Ciudad del Este y otras ciu- dades-, los vendedores expropian los espacios públicos y condenan a los transeúntes a veredas sin espacios para caminar, los automovilistas estacionan en doble fila, los ladronzuelos roban artefactos de los vehículos estacionados o rompen sus vidrios, a ratos los que hacen campaña política impiden el paso por determinados lugares y se atasca la circulación por culpa de carritos de tracción a sangre.

 

Sin ampliar el listado de ataques directos que sufren los ciudadanos a cada paso, es obvio que los agresores consideran como algo normal usurpar lo que no les fue autorizado y apoderarse de bienes públicos que tendrían que beneficiar a todos. Algunos creen erróneamente que la pobreza otorga derechos que atentan contra la vida comunitaria.

 

En parte, esta situación se da por la permisividad de las autoridades que no cumplen su rol de salvaguardar el interés de la mayoría o porque a veces son ellas mismas las que incurren en el incumplimiento. Solo una tácita o explícita complicidad -que a menudo tiene ingredientes proselitistas- de las autoridades municipales, policiales e incluso judiciales, explica por qué hay tantos abusos diariamente impunes.

 

Fallan, entonces, el valor del buen ejemplo, la educación formal que no transmite los valores del respeto a las personas y a las normas, la familia -tradicional correa de aprendizaje de actitudes que ya no se adoptan casi- y las creencias religiosas, que están en crisis. No quedan ya instituciones que encaminen hacia el lado aceptable las conductas personales. Es necesario darle nuevos contenidos a la cultura. La tarea no es fácil, pero tiene que ser emprendida de un modo interinstitucional e interdisciplinario. Es urgente emprender campañas para sustituir las agresiones por el respeto y la corrupción por la honestidad.

 

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