POR JORGE GONZÁLEZ ⋅

“Era la muñeca que los represores me daban en Investigaciones…mientras le llevaban a torturar a mamá». Matilde Bobadilla

Los 70 fueron años de consolidación para el stronismo en su objetivo de aplastar cualquier intento de organización de sectores democráticos. Hacia noviembre de 1974, la represión desbarata una organización de paraguayos formados en universidades de Argentina, que se aprestaba a atentar contra el dictador Stroessner; en el 75 el gobierno acuerda junto con sus pares militares de Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y Bolivia, el Operativo Cóndor, un pacto de intercambio de informaciones y de prisioneros, para «combatir la subversión». A finales de este año se registra una gran redada que golpea las filas del Partido Comunista Paraguayo y culmina con la desaparición de dos de sus referentes muy respetados: Miguel Ángel Soler y Derlis Villagra (padre).

 

Se suman los centenares de detenidos tras el descubrimiento de la opm y la redada a las Ligas Agrarias Cristianas en el campo, donde la policía arreaba a comunidades enteras para destinarlas a interrogatorios.

 

Eso pasó con la compañía «Simbrón», de San Roque González, departamento de Paraguarí. En el camión en que fueron derivados a los centros de tortura iban los Bobadilla, encabezados por don José y su esposa doña Fortuosa Salinas. En los brazos de ella, Matilde, de dos años.

 

Más de 30 años después, Matilde Bobadilla participa de un taller de líderes campesinas del Movimiento Campesino Paraguayo (mcp), donde milita en el departamento de Alto Paraná, hasta donde migró su familia una vez liberada a finales de los 70. En una foto aparece ella, ya adulta, en el Museo de las Memorias, posando con una muñeca de trapo. Señala con el índice y empieza a explicar en guaraní resignado que en una visita al museo la reconoció: «Era la muñeca que los represores me daban en Investigaciones cuando era niña, mientras le llevaban a torturar a mamá».

 

Cuando aquella redada, sólo Matilde acompañó a sus padres apresados; sus cuatro hermanos quedaron a su suerte en el valle familiar. Cada vez que sus padres eran separados de la niña en Emboscada, a ella le embargaba una profunda nostalgia por sus hermanitos y unas terribles ansias de comida, en especial mandioca. Durante estos días, los demás presos veían el penoso espectáculo de la pequeña Matilde rasguñando los murallones de piedra bruta del Penal, queriendo salir en libertad, queriendo estar con su familia. «Sueña Matilde, sueña la libertad», escribió Martín Almada en un poema, impresionado por esta escena.

 

Matilde cuenta que durante los primeros tiempos en que llegó con su madre y su padre a Emboscada, permanentemente sus progenitores eran llevados a Investigaciones y a la Comisaría Tercera para de vuelta ser «interrogados». «Yo le agradezco infinitamente a los compañeros. Yo siempre estaba sola, mamá iba frecuentemente a la Tercera y así yo ya me quedaba con la gente. Yo vivo gracias a los compañeros ahora», dice. Se refiere a los demás presos y presas del Penal que cuidaban a la niña de tres años que entonces era. Por tanto estrés y privaciones, la naturaleza hoy le niega la posibilidad de ser madre, debido a secuelas sicológicas y a las huellas de una desnutrición de esos tiempos. «Yo pasé tortura, no física, pero el miedo que tenía era una tortura», dispara.

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