EL ÉXODO DE LOS SAPOS

Publicado: 25/02/2011 08:32 por jotaefeb en PAÍS: lo que nos quebranta

De un tiempo a esta parte los sapos se borraron de los patios y jardines. Por lo menos en Asunción y en otras ciudades relativamente grandes supongo que es un tanto difícil encontrarlos.    

Cuando niños corríamos tras los sapos pese a las advertencias de que orinarían en nuestros ojos privándonos de la vista. Nunca supe por qué los sapos elegían los ojos como mingitorio y qué sustancia contenía su orín como para enceguecer a alguien.    

Los sapos estaban en todos lados. De día se guarecían bajo las tablas o los ladrillos. Ni bien oscurecía desfilaban en las calles para darse un festín con los insectos atraídos por la luz. Y cuando llovía y se llenaban de agua los tajamares y lagunas, su canto retumbaba a lo lejos haciendo frente a la diminuta cantinela de las ranas.    

Anastasia Zayas, prima de mi madre, les tenía fobia a los sapos. No pasaba una semana sin que uno se metiera a su dormitorio y fuese directamente bajo su cama. Entonces corría los 500 metros que separaba su casa de la nuestra pidiendo auxilio. Mi hermano menor, sin pestañear, lo agarraba con una mano sin que el pobre batracio intentara venganza. A lo sumo le sacaba la lengua. ¿Cómo un animal puede tener unos ojos tan grandes y una nariz tan diminuta?, nos preguntábamos.    

A un sacerdote le escuché una vez decir desde el púlpito que no había animal más feo que el sapo: “No tiene cuello y saca la lengua para comer”. Aún así, miedo no le teníamos.    

Salvo en Australia y en la Antártida, los sapos comunes habitan todos los continentes. Y dentro de los continentes que los albergan, no existen en Canadá, Groenlandia, Siberia o en el desierto del Sahara. Necesitan de lugares frescos y húmedos.    

Como todo ser vivo, el cambio climático y el avance de la civilización han puesto en jaque a los sapos. No nos imaginamos cómo habrán dominado los alrededores de la bahía de Asunción o las accidentadas calles de la ciudad, sus arroyos o albañales hace 200 años. Habrán sido “los huéspedes” en la Casa de la Independencia.    

Los sapos también han sido víctimas de otras situaciones a las que los han expuesto los humanos. Son consideradas mascotas exóticas en varios países y en otros se los comen como el más delicioso manjar. Aquí nadie los degustaría en un estofado, ni mucho menos cambiaría su gato o loro por un sapo.    

También dicen que el sapo es un “pohã guasu” (gran remedio) e incluso tiene una sustancia que cura el cáncer. Creo haber escuchado que el sapo ayudaba a sanar ciertos males con el solo hecho de frotar su barriga contra la afección para contagiarle. Pobre animal, pero, en fin, es una causa noble.    

En contrapartida, hay quienes dicen que son venenosos. Sobre todo el temible “kururu pytã”. Unos años atrás una veterinaria advertía que un hábito común de los perros era morder a los sapos. El primer auxilio era lavarle la boca con agua y darle de beber mucho líquido mientras se lo llevaba al veterinario.    

Mitos, leyendas o historias reales, los sapos de Asunción tal vez quedaron relegados a la ribera, en los bañados y bordes de los pocos arroyos. Aunque con tanta contaminación, tal vez ni ellos habiten esos lugares. En todo caso, ¿alguien podría decir adónde fueron a parar todos los sapos?

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